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NARCISO

Existe una clase de amor que, aunque más egoísta, no se puede olvidar: el que uno siente hacia sí mismo. Curiosamente, el hombre ha sido más coqueto que la mujer. Allá por el siglo XIX sólo los barberos poseían un verdadero espejo, y por supuesto, era para uso masculino. De ahí que la mitológica represente este sentimiento en la piel de un varón, Narciso. Cuenta la leyenda que Narciso 
poseía tal belleza que traía a las ninfas de cabeza, prácticamente todas suspiraban por él. Lejos de corresponder estos sentimientos, Narciso era insensible al amor y las despreciaba sin vacilar. De todas ellas, la ninfa Eco era la que más sufría por su rechazo... A ella le dedica los siguientes versos:

Narciso: Aborrecida Ninfa,

que tu ambición no te engañe,

que mi belleza sólo es digna 

de adorarse.

vete de mi presencia,

al polo más distante (...) 

Eco: Ya me voy, pero advierte

que de aquí en adelante,

he de procurarte la muerte

para ver si mi pena implacable

muere cuando tú mueras,

o acaba cuando tú acabes (...)

Cómo para no sufrir de amor... Nadie aguantaría tanto desprecio...

Y los Dioses no lo hicieron. Viendo el sufrimiento de Eco, decidieron castigar a Narciso haciendo que, extasiado ante su propia imagen reflejada en el agua, se consumiese de amor por sí mismo. Al morir, de su cuerpo brotó la flor que lleva su nombre y simboliza la vanidad.